Monday, April 27, 2009

Capítulo primero: Eran dos, eran uno.
Y si. Sentían el mundo en sus manos, tan poderoso como el pan de los pobres, la sotana que gobernaba el mundo. Según sus mentes, inmaduras todavía, llevadas mas que nada por el deseo, y aunque ellos no lograban admitirlo, por esas raras ondas que mueven al mundo, como la tristemente llamada “moda”, esa fe que mueve montañas. Sería el amor que de ellos nacía, esfumado en forma de abrazos tibios, de besos mojados de labios que aun no pronunciaban bien. Ella disfrutaba su aroma, admiraba el andar, y temía a los pájaros. El la observaba, casi como se observa un cuadro en el louvre, porque a sus ojos era belleza, blanca y pura, en su máxima expresión. Sin embargo no escuchaba, y a veces si. Como aquel día en el que se encontraron rodeados de cielo azul celeste, y si, los pájaros estaban. Ellos, tan unidos, tan inocentemente abrazados, confundidos en las extremidades dañadas por el tiempo y las cosas de la vida, como repetía el, y como dicen tantos. Hablaban, casi sin abrir la boca, y sin embargo se entendían. A veces creo que sus mentes estaban unidas por algún otro cosmos, ajeno al que normalmente visitamos en sueños, pero no tan distinto. Eran jóvenes, él más que ella. Pero creo que nadie logró notarlo. Eran uno. Se unían y podían confundirse con algún arbusto lleno de flores, o un poste con carteles y pegatinas donde las caras de algún militante político habían sido adornadas con un ligero bigote hecho a fibron. Yacían, sobre el verde pasto, como insectos insignificantes, rebosantes de alegría, de júbilo por vivir, por nacer y crecer, (todo al mismo tiempo). Y el tiempo los rodeaba, deseoso de acabar o intentar apagar esa felicidad momentánea en la cual las bocas se vuelven fuentes en las cuales los peces se comunican, hablando idiomas onomatopéyicos. Alrededor suyo se formaba una especie de campo de poder, que solo pocos podían atravesar. Algo similar a un cerco, por el cual las ovejas no pasan, por temor no se bien a que. Pero no pasan. Y nosotros éramos las ovejas. A veces quisiera no tener miedo, y pasar a ser algún cachorro travieso, lleno de energía saltarina para volar e ir mirando libre, ladrando mil cosas en un sonido.
Y el viento acariciaba sus melenas entrecortadas, tocando suavemente la risa de él, que terminaba siendo la de ella a su vez, que se fundía en una sola risa, interminable y difícil de distinguir, llena de sonidos agudos y golpeteos de pájaro carpintero.
De vez en cuando los recuerdo. Tengo la teoría de que están en alguna parte del mapa, siendo uno, siendo todo al mismo tiempo. Siendo libres en su deseo. Saboreando nuevas oportunidades, asechando sus opositores, y riendo. Siempre las risas. Seguramente, los genes rojos de ella, completaban los azules faltantes en él. Sino, cómo se explica tal compenetración…