Monday, March 14, 2011

Capítulo Segundo: Estrellas hoy

Yo los observaba, siempre, temiendo ser encontrado, con esa curiosidad que lleva al niño a trepar árboles altísimos, a oler flores que recuerdan a mi propia niñez, donde la diversión se centraba en sueños que trataban asemejar a la realidad, esa cruda realidad, como dicen las personas arrugadas.

Que llevan marcas del pasado, como mapas gastados del uso, del tiempo. Siempre el tiempo. Creo que nunca me vieron, observándolos, adivinando sus pensamientos silenciosos, en los cuales los cuerpos se diluyen dando paso a temperaturas insospechadas, más algún que otro pecado capital de los perdonables. Yo soñaba despierto viéndolos tan hermosos juntos, tan salidos de cuentos de hadas, de los que cuentan las abuelas en camisón, al lado de la fogata que asemeja figuras en la pared, que nos hacen temer a esos insectos rastreros, de mil ojos y bocas, y dos patas gigantescas de elefante, aunque no existan. Pero les temía. A veces, pensaba que sus cuerpos se iban flotando en un suave suspiro de a dos, volando como dientes de león, como los que sopla la niña blanca de la vecina, que a veces tiene rastros de polvo, y a veces tiene rizos de bailarina.

La misma que muestra caras deformes a los que se acercan a saludar, y les saca sonrisas sin embargo. A mi me resulta gracioso verla pasar, con su cara de inocencia tardía, rebotando en un solo pie, desafiando a las leyes de la gravedad, que ni siquiera conoce, y ya vence. Si supiera su poder. Si todos supiéramos nuestros poderes. Quizás no sería tan distinto que ir a emitir sufragio cantado, sería un volver a la infancia peligrosa, en la que todos tememos a los armarios y a los guantes de aquella tía que nos apreta los cachetes, repitiendo una y otra vez cuánto hemos crecido. Y claro, la última vez que la vimos, flotábamos sobre un líquido viscoso, lleno de calor, y olor a madre.

En una bolsa obscura, donde nuestro sustento provenía de una suave bombilla materna. Sin embargo, ellas parecen no envejecer. Y ellos tampoco, porque vuelan, lejos de lo que hoy llamamos realidad, de lo que nos hace pensar en tiempos mejores y peores. Lejos de ciudades, gatos y trenes, juegos, fuentes y pájaros, por supuesto. Lejos de los bombos que hacen ruido y no dejan dormir, en esas noches de luna completa, llena de queso, según he escuchado alguna vez.

Yo quería volar con ellos, en esa misma noche de estrellas y luces con constelaciones urbanas formándose más allá del límite del mar. Y todo a su alrededor era obscuro y lleno de ruidos, de relojes adultos, tiempos, pisadas, siempre pisadas. Interminables, y efímeras. Y yo no podía, tenía que encontrar con quien volar y alejarme de ellos. Pero era todo tan hermoso, era tan calmo, que allí me quedé, esperando algo…esperando ese momento en el que todo cambiaría tal vez, en el que me convertiría en hombre de negocios, o en alcohólico seguramente, siempre existía esa posibilidad.

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